Apellidos OTÁLVARO ORTIZ

 

OTÁLVARO ORTIZ



 

Durante el recibimiento a Luz Elena, encabezados por Yuly y Dayana el día 21 de febrero del 2026, nos encontramos a Lucy repartiendo a sus 8 hermanos dos hojas bellamente ilustradas. Cada hoja tenía como título nuestros apellidos. 

Ella quizás nos quizo con este gesto, mostrar que no sólo eran palabras impresas en un documento. Para mí, son dos historias completas, dos caminos que se cruzaron y me dieron un origen que llevo tatuado en el alma. No son simples letras: son raíces, son memoria, son fuerza. Son el eco de donde vengo y la brújula que me guía hacia donde voy.

Y ese del primero tan sonoro; "OTÁLVARO", lo tomamos de un hombre excesivamente fuerte. No solo de músculos o de resistencia física, sino de esa fuerza silenciosa que mostró a través de sacrificios diarios, con madrugadas sin quejarse, con manos marcadas por el trabajo y que la sentíamos durante la peregrinación diaria a la misa matinal, con una mano me tomaba a la vez de una de las mías y me sentía protejido. Una espalda gacha con una marcada joroba que cargó más peso del que cualquiera imaginase.

Ese apellido huele a tierra, a sudor honesto, a responsabilidad, a ese amor que no siempre sabe expresarse con palabras, pero que se siente en cada gesto.

Él me enseñó que la vida no siempre es fácil, pero que rendirse no es opción. Me enseñó a levantar la cabeza incluso en los días en los que el mundo parecia más grande que uno mismo.

Por eso llevo su apellido en alto, porque no solo es suyo: ahora es parte de lo que soy, parte del ejemplo que me sostiene cuando siento que ya no puedo más.



El segundo apellido es pura admiración y respeto, porque viene de una mujer extremadamente valiente. Su valentía no estaba llena de anuncios; era de esas que vivían en silencio, que se mostraba en las pequeñas cosas que muchos no veiamos: en cómo secarse sus lágrimas sin que nadie notase que había llorado, en cómo seguía dando amor incluso cuando nuestra desgraciada ingratitud nos invadía, convertía la preocupación en ternura y el cansancio en cuidado.

Ese apellido ORTIZ de clase, de talento. 

Esa mujer llevaba en su mirada la historia de todas las batallas que enfrentó sola, de todas las veces que fue hombre por sus hijos, escudo, consuelo, guía y abrazo. Ella fue la prueba de que la fortaleza no siempre grita; a veces susurra mientras sigue adelante, paso a paso, día tras día.

Por eso, cuando junto mis dos apellidos, siento que llevo un escudo hecho de dos corazones que dieron todo por mí.

Son un recordatorio constante de que vengo de personas que supieron luchar, amar y resistir. Que mis raíces están formadas de esfuerzo y de valentía, y que mi historia comenzó mucho antes de que yo aprendiera a escribir mi nombre.

Hoy entiendo que mis apellidos no son casualidad.

Son mi herencia emocional, mi orgullo más grande. Son el abrazo invisible de mi padre y mi madre acompañándome en cada paso que doy.


 Gracias Lucy por hacerme consciente de mis apellidos.


Fray Domingo Otálvaro Ortiz   febrero 22 del 2026.


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