Rabat 06.10.22
Rabat
Octubre 6 de 2022
Nuestro alojamiento en el barrio más exclusivo de Rabat nos produce un poco de incomodidad. No tenemos modo de comunicación, los servicios de transporte como los buses y el tranvía no pasan cerca, los taxis pasan a unas cinco grandes manzanas de distancia desde acá. El hombre guardian de la unidad nos regala una llamada y de esa manera pudimos salir en un taxi que nos lleva hasta la medina de la ciudad.
Durante la ruta continuaba el asombro del día anterior, una ciudad excesivamente cuidada como un palacio, cuadrillas de hombres arreglando el cesped o remojandolo constantemente, cortando y recogiendo las hojas secas de los arboles de una manera tan extricta, que solo queda despues de sus labores la pulcritud y la belleza.
El diseño de las lámparas a lo lejos, tanto en el dia como en la noche son parte del majestuoso decoro de las avenidas, así como de las plazas y glorietas, de una simetría tan perfecta que me da por momento la sensación de que al mirarlas, ellas pierden su encanto.
Las avenidas espaciosas parecieran recién barridas, como si los ciudadanos fueran multados por tirar un papel sobre ellas. Tanta es mi admiración por semejante trato con una ciudad tercermundista del África que le pregunto al taxista, dándome de inmediato la respuesta: Es la ciudad donde vive el Rey Mohamed VI.
Bordeando la medina, que es la parte vieja de la ciudad donde se encuentran las tiendas en tradiciones que vienen de siglos, ella es protejida por murallas, pareciese como si al interior guardasen un tesoro milenario. Esas inmensas puertas en arco u óvalo de entrada llaman la atención por su decorado de tiempos muy ancianos.
Descendemos en frente de una de las calles que da a la medina, se encuentra al frente el kasbah de los Udayas y decidimos pasar la avenida para empezar con la visita del lugar que fuera un sencillo fortín militar hace unos 10 siglos, para proteger la ciudad.
Nada de lo que hoy es. En esa época la tribu de los Oudayas llegó a este lugar para protegerse de otras tribus y de los ataques costeros de la ciudad vecina de Salé que era un refugio de piratas.
Esta decoración actual se le debe a los franceses que, en la época del protectorado la reformaron.
Entramos por la puerta principal que se le conoce como Bab Oudaia, ella con forma de arco de herradura y repleta de curiosidades talladas, motivos florales y del Coran, le da el mayor protagonismo a la muralla.
En el interior sentía el ruido de los Oudayas, y el sonido de los piratas en camino. Es una sensación particular ya en el interior que entre paredes blancas, las puertas sobresalen en diseños trabajados artísticamente.
Un trabajo fotográfico merece este lugar, desde su entrada hasta llegar a la explanada superior, donde el océano Atlántico se encuentra de frente y a la derecha el mar Mediterráneo, abajo el río navegable Bou Regreg, a la derecha la ciudad de Rabat, detras el cementerio inmenso, haciendo los marroquies de sus creencias que después de la muerte, un lugar de reposo frente al mar se merecen. A la derecha, se aprecia la playa donde los locales la disfrutan en familia.
No me siento en una ciudad, sino en un lugar del pasado, aunque en el interior vivan parroquianos del siglo XX y XXI. Es aquí donde se encuentra la mesquita mas antigua de Rabat, sin acceso como las demás para quienes no somos musulmanes.
Las amplias avenidas que rodean este kasbah contribuyen a otorgarle una sobriedad y un misterio particular a este lugar, visto tanto desde arriba como ubicado en la parte de abajo.
Después de dejar este exótico lugar, nos adentramos a la medina, limpia y bien distribuida, la que ofrece artesanias locales, tejidos, productos de cuero, plata, oro, marfil y mil variedades.
El almuerzo sencillo, en un lugar rodeado de viejas tiendas nos da una modorra que nos sienta luego a hacer lo que hacen la mayoria de hombres en esta ciudad, posarse de frente a la calle en las sillas de un bar a tomarse un té, un café o una gaseosa, nada de licor, durante horas o incluso toda una mañana o una tarde en espera que el tiempo pase de manera calmada y tranquila.
Luego partimos en busca del lugar donde se encuentra la tumba del anterior Rey Mohamed V, padre del actual Rey Mohamed VI.
Dos entradas son custodiadas a lado y lado de cada una de las dos que existen por guardias reales, montados cada uno en un caballo , vestidos de soldados de épocas ancestrales. El acceso a una gran plaza, donde se encuentra la hermosa e imponente mesquita del siglo XII, considerada la segunda mas grande de su religión a la cual, tampoco fue permitido el acceso.
La hermosura del conjunto en esta plaza es ilimitada. Llegando por una de las dos entradas, encuentro a mi derecha una fila de hermosos pinos que entre sus tallos dejan entrever el azul del mar, sigo girando hacia mi derecha para encontrarme con la gran Torre Hassan, que son las ruinas de una antigua mesquita del siglo XII.
Sobre la explanada, 200 columnas de distintos tamaños. Continúo girando a la derecha y el río azulado que desciende paciblemente hasta pasar a lo lejos, al pie del kasbash. Terminando el giro y logrando 360 grados, encuentro detrás de la inmensa mesquita, un hermoso mausoleo en mármol de color blanco, donde posan los restos de Mohamed V.
Salimos de allí sobre una agradable caminata, acariciados por la frescura de la tarde, divisando el río y al fondo la kasbash imponente en esa lejana colina, ella allí, en esa punta esquinal, parece divisando y vigilando las invasiones que puedan llegar, o tal vez pasible para guardar las historias de nuevos siglos en sus calles.
Sentados sobre la terraza de un café, nuestras miradas de frente al ya cercano río, buscan el pescador que con su paciencia lanza el anzuelo o el que llega de altamar cargado o vacío de su trabajo pero siempre lleno de ilusiones. Porque eso es un pescador, un hombre en el que sus ilusiones mueren solo con su partida definitiva. Niños
que corren o son montados en unos bellos carritos a cambio de una moneda. Una mujer que ofrece en una banca cerca del río, su servicio de tatuaje. El hombre que ayudado con pistas canta y su voz gruesa se extiende a traves de un micrófono bien instalado en su cabeza. Las chalupas que transportan pasajeros de un lado al otro del
río. Turistas y locales que comparten estas sillas, con un vecino a nuestro lado y su compañera que nos escucha hablar español y quiere compartir. Gente que va y viene sobre la calle que bordea el río y que se encuentra a nuestros pies. ¿ No es acaso lo mismo que hacen acá ?. Sentarse a ver pasar la gente y el tiempo a la vez. Es un placer económico y relajante.
Tomamos uno de los dos tranvías con dirección al centro de la ciudad. -Un poco perdido- Por por fin logro encontrar la estación del tranvía correspondiente.
Llegamos a otra imponente estación central del tren, que parece de cercanías, su entrada principal da sobre una gran glorieta sobre la principal avenida de la ciudad; la Avenida Mohamed V. La belleza del entorno es otro motivo mas para entender que es la ciudad consentida de Marruecos.
Ubicado en el jardín de esta hermosa residencia desde la cinco de la mañana para terminar este recuento del día de ayer, me sorprende a las seis de la mañana esa gruesa voz suplicante, lánguida pero a la vez segura, que sale del muecín a través de los parlantes del minarete más próximo, para penetrar en los corazón del incrédulo. Durante su cántico de unos dos minutos, los perros ladran, quizás queriendo hacer coro y de ella solo entiendo: "iin sha' allah", que significa: "si Dios quiere". Pero lo que pronuncia el muecín es la llamada a las oraciones. Dios es Altísimo. Su primera palabra es Dios. Esta es la primera oración de las cinco que se escucha desde los minaretes de las distintas mesquitas esparcidas a través de Rabat. Una especie de lamento de una devoción tal que me recuerda a mi padre cuando a las cinco de cada mañana nos ponía en pie y de camino a la iglesia para escuchar los oficios religiosos.
























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