Udine 14.09.22
UDINE
Septiembre 14 2022
Dejamos París a las cinco de la mañana habiendo encontrado muy puntual nuestro chofer que nos había prometió llevar al aeropuerto.
Nos sorprendió
la cantidad de pasajeros que viajaban a diferentes lugares a esa hora de la mañana, por fortuna, nuestra madrugada nos permitió tomarnos un café con un pan antes de tomar el vuelo con dirección
a Venecia.
Letizia mi compañera de vuelo, habló casi sin parar durante
el viaje, ésta italiana doctorada en el arte, alimentó mi información sobre su país al hablar de su pasión y su carrera como si de una entrevista se
hubiese tratado. Pude apreciar su obra en su página web; https://www.letiziagoretti.cloud. en la que me agradó todo su trayecto. Un placer con el que ha comenzado este viaje programado con
dos meses de anticipación.
Un bus nos traslada del aeropuerto Marco Polo, - nombre en
honor al gran navegante italiano, ese gran viajero que influyera con su libro y sus largos viajes a Cristobal Colón en el descubrimiento de América - hasta la estación de trenes Mestre, no a la principal de Santa Lucia. El bus rueda por la zona continental, a través de lo que los locales llaman “tierra”, pues
durante el trayecto en bus, no se
aprecia un solo canal de agua, ni lo que Letizia me ha mostrado ha través de la
ventana del avión, “la laguna”. Y es que cuando nos referimos a Venecia solo nos
proyectamos a una ciudad con canales y góndolas que transitan por entre los canales. Hubiese querido haber pasado por el puente de La Libertad, el que comunica la ciudad la Venecia de los canales con la parte continental.
En la estación tomamos el tren con dirección a Udine, pero debíamos hacer un transbordo de una hora y media en el pueblo de Cerigniano, allí aprovechamos para degustar una piza al carbón, la que fuese culpable de perder nuestro tren de las 13h:04, pero contamos con la ventaja de que dicho tren que solo tomaba una hora para llegar de allí a Udine era regional, así que nuestros tiquetes eran validos durante todo el día sobre cualquier tren que tomásemos.
Una hora y media de espera, nos permitió percibir el entorno de una estación idéntica a las presentadas en aquellas películas de guerras, sola y sin servicio de despachadores, lúgubre y empolvada, conserva un envejecimiento de su arquitectura que de cierta manera nos atraía y con pasajeros que aparecían para ubicarse en la plataforma en la que estabamos sentados para tomar diferentes destinos, lo que me llamo la atención ha sido el que sobre las otras cinco plataformas ningun pasajero se hizo presente. El solo tinte negro de esta experiencia es que para el acceso a esta plataforma había que bajar escalas y de nuevo subirlas para poder esperar el tren, con una maleta que pesaba 20 kilos.
Unos veinte contenedores de
cereales que luego son jalados por los trenes, estaban estacionados en la
plataforma No. 6 y era nuestro paisaje frontal, lo que no nos impidió en
disfrutar de aquel retraso.
Llegamos a Udine a eso de las 3h:00 desesperados en busca de una conexión a internet para guiarnos en la búsqueda de la oficina de renta de nuestro vehículo. Una dependencia total a este sistema de orientación, es ya frecuente entre los viajeros.
Entre mi búsqueda y caminando al son de los rodachinas de una maleta que manipulaba por momentos, nos sentamos en una cafetería con la esperanza de conectarnos allí por medio de su wifi, pero en este pueblo, podría decirse que es un lujo encontrar un sitio con conexión. Mi suerte me hizo llegar a un restaurante de habla hispana con unas chicas de Republica Dominicana sobre la calle perpendicular a la estación de trenes. Ese ángel me permitió información completa y además me compartió internet sobre mi teléfono, con lo que logramos llegar a la oficina donde debíamos recuperar el vehículo, donde tampoco había conexión wifi.
Tuvimos que regresar a dicha calle y allí de nuevo comprar una tarjeta para comunicarnos. Esto si que ha sido una incomodidad.
Nuestro hospedaje se encontraba a unos 45 minutos de la ciudad en el pequeño cacerio de no mas de veinte viviendas conocido como Gradiscutta.
Una ruta llena de pequeños pueblos
donde se destaca la arquitectura romana y una soledad de terror. Si nos perdíamos
en la ruta, aquel dicho de que: “preguntando se llega a Roma”, aquí seria la excepción. Vamos atravesando la campiña, los pelos
se iban poco a poco encrespando, ya que se iba haciendo de noche. Pero
cualquier inconveniente era disipado por la hermosura paisajista que nos ofrecía
la ruta, entre unas carreteras nacionales y regionales bien conservadas y los cambios de colores de claro a oscuro. Por
fín logramos llegar a eso de las 18h30.
Nuestro alojamiento en Gradiscutta, nos introduce en un pequeño paraíso, que consta de un limpio apartamento con dos habitaciones un inmenso baño y una agradable cocina, con un pequeño balcón que da al corral donde unas gallinas que por primera vez veía, nos permiten una placida estadía.
Una de ellas tan blanca que semejaba por momentos un cordero bebe al lado de un gallo tan supremamente negro que se diría traído del África, asemejando un gallinazo.
Un curioso extractor de agua excesivamente pura, la que viene de mas de cien metros de profundidad permanece día y noche soltando un gran chorro que con su sonido a la vez, contribuye al buen dormir, un fenómeno que se encuentra en la mayoría de hogares en la región. Una recomendación de la dueña del alojamiento fue de tomar agua de dicha extracción, ya que era completamente pura.
Una iglesia detrás de la casa hacia sonar las
campanas en un tono que nos transportaba a una edad muy antaña, tal vez por el
influjo que hemos sufrido de los films de otros tiempos. A la salida de la casa,
dos hermosos y extremadamente horizontales pinos enmarcaban la entrada la casa de un
vecino.
Que mejor que estas fantasías campestres quienes nos brindan tan especial bienvenida.
















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